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El arte de enseñar

El arte de enseñar

      Atareada preparando un taller de shiatsu de fin de semana han aparecido entre mis papeles y libros  varias citas y comentarios acerca de este complicado tema de transmitir conocimientos.  Aquí dejamos algunos textos muy sugerentes para la reflexión sobre el arte de enseñar y la actitud del enseñante.
Del libro: Orígenes. 365 pensamientos de maestros africanos.
Daniela Pons-Follmi y Olivier Follmi.  Editorial LUNWERG
“No existe el maestro absoluto.
Se es siempre alumno y maestro a la vez.
Porque el maestro eneseña a los demás,
pero él aprende de los otros”
Jefe de poblado dogon.

Proverbio Chino:
“Dímelo y lo olvidaré.
Enséñamelo y lo recordaré.
Implícame y lo entenderé.
Apártate y actuaré”.
Otra vez del libro: “El Mundo de Sofía”. Jostein Gaarder. Editorial Siruela:
El arte de conversar
      La propia esencia de la actividad de Sócrates (470-399 a.de C.) es que su objetivo no era enseñar a la gente.  Daba más bien la impresión de que aprendía de las personas con las que hablaba.  De modo que no enseñaba como cualquier maestro de escuela.  No, no, él conversaba… Pero, sobre todo, al principio solía simplemente hacer preguntas, dando a enteder que no sabía nada.  En el transcurso de la conversación, solía conseguir que su interlocutor viera los fallos de su propio razonamiento.
Un comodín en Atenas
      ¿Pero cuál fue su proyecto filosófico?
      Sócrates vivió en el mismo tiempo que los sofistas.  Como ellos, se interesó más por el ser humano y por su vida que por los problemas de los filósofos de la naturaleza (presocráticos)  Un filósofo romano -Cicerón- diría, unos siglos más tarde, que Sócrates “hizo que la filosofía bajara del cielo a la tierra, y la dejó morar en las ciudades y la introdujo en las casas, obligando a los seres humanos a pensar en la vida, en las costumbres, en el bien y en el mal”
      Pero Sócrates también se distinguía de los sofistas en un punto importante.  Él no se consideraba sofista, es decir, no cobraba dinero por su enseñanza.  Sócrates se llamaba “filósofo”, en el vedadero sentido de la palabra.  “Filósofo” significa en realidad “uno que busca conseguir sabiduría”…
      … ¿Estás cómoda, Sofía?  Para el resto del curso de filosofía, es muy importante que entiendas la diferencia entre un “sofista” y un “filósofo”.  Los sofistas cobraban por sus explicaciones mas o menos sutiles, y esos sofistas han ido apareciendo y desapareciendo a través de toda la historia.  Me refiero a todos esos maestros de escuela y sabelotodos que, o están muy contentos con lo poco que saben, o presumen de saber un montón de cosas de las que en realidad no tienen ni idea.  Seguramente habrás cococido a algunos de esos sofistas en tu corta vida.  Un verdadero filósofo, Sofía, es algo muy distinto, más bien lo contrario.  Un filósofo sabe que en realidad sabe muy poco, y, precisamente por eso, intenta una y otra vez conseguir verdaderos conocimientos.  Sócrates fue un ser así, un ser raro.  Se dabas cuenta de que no sabía nada de la vida ni del mundo, o más que eso: le molestaba seriamente saber tan poco.
      Un filósofo es, pues, una persona que reconoce que hay un montón de cosas que no entiende y le molesta.  Sócrates dijo que sólo sabía una cosa: que no sabía nada.  De esa manera es, al fin y al cabo, más sabio que todos aquellos que presumen de saber cosas de las que no saben nada….
      …Puntualizo: la humanidad se encuentra ante una serie de preguntas importantes a las que no encontramos fácilmente buenas respuestas.  Ahora se ofrecen dos posibilidades: podemos engañarnos a nosotros mismos y al resto del mundo, fingiendo que sabemos todo lo que merece la pena saber, o podemos cerrar los ojos a las preguntas primordiales y renunciar, de una vez por todas, a conseguir más conocimientos.  De esta manera, la humanidad se divide en dos partes.  Por regla general, las personas, o están segurísimas de todo, o se muestran indiferentes. (¡Las dos clases gatean muy abajo en la piel del conejo!)  Es como cuando divides una baraja en dos, mi querida Sofía.  Se meten las cartas rojas en un montón y las negras en otro.  Pero, de vez en cuando, sale de la baraja un comodín, una carta que no es ni trébol, ni corazón, ni rombo, ni pica.  Sócrates fue un comodín de esas características en Atenas.  No estaba ni segurísimo, ni se mostraba indiferente.  Solamente sabía que no sabía nada, y eso le inquietaba.  De modo que se hace filósofo el que incansablemente busca conseguir conocimientos ciertos”…

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